“Deseo retirarme entre vosotros a acabar la vida y por eso quería que me labrásades unos aposentos en San Jerónimo de Yuste”.
Así escribió Carlos V a Fray Juan de Ortega (autor del Lazarillo de Tormes) cuando abdicó definitivamente al trono en 1555. A sus 53 años estaba cansado y envejecido, tal y como describe el embajador veneciano Federico Baodaro:
“Su estatura es mediana, y su aspecto grave. Tiene la frente amplia, los ojos azules y de expresión enérgica, la nariz aguileña y un poco torcida, la mandíbula inferior larga y ancha, lo que le impide unir los dientes y hace que no se entienda con claridad el final de las palabras que pronuncia. Los dientes de delante son escasos y cariados; su tez bella, su barba corta, erizada y canosa. Los miembros de su cuerpo bien proporcionados”.
Carlos V (en la imagen, el tercero empezando por la izquierda) y su familia.
Tras un largo viaje no exento de avatares, emprendido en septiembre de 1556 en Bruselas, llega a Yuste en febrero de 1557, acompañado de su séquito y de su extraordinaria colección de relojes. Durante su retiro, el Emperador se dedicó a la lectura de la Biblia y de las obras de Fray Luis de Granada, y siguió cultivando su desmesurada afición culinaria, tal y como describió el doctor Matisio:
“Salvo manifiesto empeoramiento de su salud, no perdona el cordero asado; el buey o la ternera, al horno, hervidos o cocidos; conejos y capones al horno; liebres, perdices, truchas, pescado fresco, si lo hubiere. Toda clase de repostería, dulces, compotas, mermeladas, barquillos, y en su temporada, los melones, que él mismo siembra en su jardín de Yuste, y hasta defiende entre sus criados, porque considera que es mejor un ruin melón que un buen pepino”.
Debido a esto, Carlos V sufrió importantes ataques de estreñimiento, hemorroides y gota, uno de ellos le dejó el brazo izquierdo casi paralizado y el brazo derecho tan afectado que casi no podía escribir; sin embargo, hizo caso omiso a los consejos de Luis Quijada: “La gota se cura tapando la boca”.
En el verano de 1558, comienza de forma brusca con episodios de fiebre alta, sudoración, pérdida de su voraz apetito y decaimiento extremo, postrándolo en cama, con la boca entreabierta y con abundantes secreciones respiratorias que era incapaz de expectorar. En esta agonía pasó el monarca un mes. Pese al tratamiento con sangrías y purgantes, su salud empeoró progresivamente hasta su fallecimiento el 21 de septiembre de 1558, a los 58 años de edad, tras pronunciar su última palabra: “Jesús”.
Curiosidades:
• Se sabe que Carlos V falleció de paludismo (malaria) causado por la picadura de un mosquito proveniente de las aguas estancadas de uno de los estanques construidos por el experto en relojes e ingeniero hidrográfico Torriani.
(Mosquito Anopheles)
• La malaria (del italiano medieval mala aria – mal aire) o paludismo (del latín palus – pantano) es una enfermedad parasitaria, producida por las especies del Plasmodium, que se transmite por la picadura de la hembra del mosquito Anopheles.
(Glóbulos rojos parasitados y rotos)
En el humano, se multiplican en el hígado y posteriormente infectan los glóbulos rojos, reproduciéndose también en su interior, provocando la ruptura de los mismos y ocasionando por tanto, los clásicos síntomas de fiebre alta, ictericia (coloración amarilla de la piel), dolores musculares, cefalea, anemia grave etc, síntomas que se reproducen cada 2 ó 3 días (al completarse el ciclo eritrocítico o asexual de Plasmodium), dejando de esta manera al organismo exhausto, pudiéndose llegar al coma, al shock, a la insuficiencia renal y, finalmente, a la muerte si no se trata. Es lógico pensar que las numerosas sangrías practicadas al Rey no hicieron más que empeorar su ya precario estado de salud.
(Plasmodium Falciparum)
• En 2004, los doctores Julián de Zuluaga, Pedro Alonso y Pedro L. Fernández, consiguieron analizar una falange del dedo meñique del Emperador, demostrando la presencia de cristales de ácido úrico (que ocasionaron la famosa gota), así como los parásitos causantes del paludismo.
• El meñique del Rey tiene también una curiosa historia: durante la Revolución Gloriosa, en 1868, unos revolucionarios exhumaron el cuerpo del Rey. Se dice que el Marqués de Villaverde consiguió, tras sobornar con 20 reales a uno de los guardianes de la cripta, una falange del dedo meñique. Posteriormente se arrepintió, devolviéndolo al Rey Alfonso XIII, quien lo depositó en una urna en El Escorial, cerca de donde reposaba el cuerpo del Emperador. Transurridos los años, el Dr. Julián de Zuluaga (experto en medicina tropical) vio en un periódico la fotografía de un soldado republicano abrazado a una momia: era el cuerpo momificado de Carlos V, nuevamente exhumado durante un asalto a El Escorial, en la Guerra Civil Española.
(Momia del Emperador Carlos V)
El Dr. Julián de Zuluaga pidió permiso al Rey Juan Carlos I para exhumar de nuevo el cuerpo y analizarlo en busca del paludismo. Don Juan Carlos no lo concedió, pensaba que bastantes avatares había sufrido la momia como para volverla a manipular. En el 2004 un alto cargo del Patrimonio Nacional, informó a Julián de lo ocurrido en la Gloriosa, del arte de los marqueses de Villaverde, y de la decisión de Alfonso XIII., por lo que volvió a solicitar autorización al Rey Don Juan Carlos para analizar únicamente el dedo meñique, permiso que finalmente le fue concedido, y gracias al cual sabemos la verdadera causa del fallecimiento de Carlos V.
Gracias a la colaboradora Dra. Raquel Monsalvo, especialista en Medicina Interna.






















