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miércoles, 13 de junio de 2012

Comer barro, refinada moda del XVII


Sí, barro común, barro cerámico, por mejor precisar; eso sí, de buena calidad, proveniente, a poder ser de zonas concretas, de buen prestigio, como el de Estremoz, en Portugal, el de la comarca de Tierra de Barros, en Badajoz, o, el preferido por las damas más refinadas, el que mercaderes especializados traían de Jalisco, de Chihuahua concretamente, en Méjico.

El gusto por la ingesta de barro fino, planteada así, como bocado de placer y refinamiento, está documentado desde muy antiguo; cuando menos, desde la califal Bagdad del siglo X. Y probablemente fue esa "vía árabe" la que trajo la costumbre a España. Aquí, ese barro, preferentemente el de color rojo intenso, se cocía en  pequeños cacharros individuales, o búcaros, que eran los que concretamente se comían las damas, mordisqueándolos a pequeños trocitos, una vez ingerido el líquido que contuvieran. Tal costumbre generó incluso un nombre: "bucarofagia", y, como les contamos, la tal práctica se puso muy de moda entre las damas de la corte española en el  Siglo de Oro.

Según opinión de la época, la ingesta de este barro procuraba varios efectos, todos ellos de alto interés para las mujeres de aquel tiempo. Se creía que retrasaba la menstruación, y que disminuía su flujo. Les procuraba, además, una tez blanca, lo cual era entonces empeño de muy alto interés para las damas refinadas. Y también, por último, producía un cierto efecto narcótico, al parecer muy placentero, que llegaba a fijar una clara dependencia en las consumidoras; lo cual era el principal reparo que los confesores ponían a la costumbre. La Marquesa D'Aulnoy, en sus "Memorias de la Corte de España", escribe: " :

"...hay señoras que comían trozos de arcilla... tienen una gran afición por esta tierra... Si uno quiere agradarlas, es preciso darles de esos búcaros, que llaman barros; y a menudo sus confesores no les imponen más penitencia que pasar todo el día sin comerlos".

Otra cronista de aquel tiempo, Sor Estefanía de la Encarnación, nos dejó otro  testimonio substancioso, fechado en  1631:
 "...como lo había visto comer [el barro] en casa de la marquesa de La Laguna, dio en parecerme bien y en desear probarlo". -Y lo probó y: "un año entero me costó quitarme de ese vicio", si bien "durante ese tiempo fue cuando vi a Dios con más claridad".  

Esta curiosa práctica de la bucarofagia podría tener, incluso, una representación plástica excepcional, que vino a abrirse, como pista o teoría, en 1984, cuando tuvo lugar  la última restauración del cuadro de "Las Meninas", de Velázquez. La obra, una de las más admiradas del arte universal, pintada por el genial sevillano en el año 1656, había ocultado durante los últimos siglos, por el efecto del barniz envejecido, los detalles más pequeños, entre ellos, la composición real de la ofrenda que la infanta Margarita, personaje central del cuadro, recibe de manos de la "menina" (dama de compañía) doña María Agustina Sarmiento de Sotomayor, hija del conde de Salvatierra, una bandeja con un búcaro, presumiblemente con agua fresca perfumada, para refrescarse.  



El caso es que hasta esa restauración que comentamos, la opinión general entendía que el recipiente en cuestión de la ofrenda era una jarrita de fino cristal, que parecía lo más propio, y ahora aparecía nítidamente la realidad de un modesto búcaro de barro, que, a más a más, se presenta sobre una fina bandeja ("azafate", bandeja con pié) bañada en oro. Realmente, el contraste es, como poco, sorprendente. Y ahí surgió la especulación y la polémica. Según algunos expertos en historia de la cerámica, el búcaro que se presenta en el cuadro responde justamente al modelo que en la época se usaba para la bucarofagia. La duda que se plantea es la juventud de la niña, que  parece demasiado joven para que le fuera ofrecido, con el fin de comérselo después, el tal búcaro.

 No obstante, también nos hacen notar que el juego de miradas del cuadro nos permite ver cómo la infanta mira a su madre tras recibir el jarro, y cómo (presuntamente, porque ahí se ve muy poco) la reina le regaña con la mirada. Y se preguntan; ¿Por qué? ¿Porque el agua está demasiado fría, o porque es demasiado joven para iniciarse en una práctica poco recomendable?

 Detalle del Aguador de Sevilla de Diego Velázquez.

En fin, que así se las gastaban con las vasijas de barro nuestras damas del Siglo de Oro. Y un apunte más, final. Obviamente, la ingesta (había muchas damas que se comían un búcaro al día) producía, además de los efectos profilácticos y narcóticos descritos, una inevitable toxicidad, un envenenamiento, por mercurio, plomo y arsénico principalmente. Y para ello también había un remedio médico curioso y no menos sorprendente: "tomar acero" -se decía-, o "agua acerada", es decir, beber agua en la que se había hundido una barra de hierro candente, que debía tomarse en ayunas. Así lo recoge, en 1606, Lope de Vega en "El Acero de Madrid", en el que un músico canta:

"Niña de color quebrado, o tienes amor o comes barro". 

Y un criado, que finge ser médico, recomienda a la protagonista que 

 "tome hasta media escudilla reposada de agua acerada".


Fuente : ABC - Manolo Méndez.

domingo, 26 de febrero de 2012

Cuando España inventó los marines.


Antes, muchísimo antes (más de dos siglos) de que los marines norteamericanos fueran creados por el capitán Samuel Nicholas, los marines ya estaban inventados por los españoles, con el nombre de Infantería de marina.

O, si lo prefieren, Compañías Viejas del Mar de Nápoles o Arcabuceros de Galera, creadas tras una disposición firmada por el Emperador Carlos V, en el año de 1537

El himno que los infantes españoles cantan en las ocasiones señaladas reza así :

«Infantes de marina marchemos a luchar,
la Patria engrandecer y su gloria acrecentar, 
nobleza y valentía nuestros emblemas son: 
no abandonar la Enseña al ruido del cañón
porque morir por ella es nuestra obligación ... », 


 El infante de marina a bordo del «Alfonso XIII»

La idea imperial surgió tanto de una necesidad como del genio militar de nuestros antepasados en el siglo XVI. Se trataba de establecer una fuerza de combate ágil y de gran poder destructivo, capaz, además, de moverse en los abordajes y en la defensa de las propias galeras con la misma pericia y la osada naturalidad con la que sobre la tierra firme ya lo hacía nuestra fiel infantería. La de toda la vida.

Fue creada por Carlos V en 1537, al asignar de forma permanente a las Escuadras de Galeras del Mediterráneo las Compañías Viejas del Mar de Nápoles, es sin embargo Felipe II el que crea el concepto actual de fuerza de desembarco.

Esto era la proyección del Poder Naval sobre la costa por medio de fuerzas que partiendo de las naves, fueran capaces de asaltarla sin menoscabo de la capacidad de combate. A la época pertenecen los famosos Tercios:

    -Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles.
    -Tercio de la Armada del Mar Océano.
    -Tercio de Galeras de Sicilia.
    -Tercio Viejo del Mar Océano y de Infantería Napolitana.

De éstos Tercios, el primero es el "alma mater" de la Infantería de Marina, llevando en su escudo dos anclas cruzadas que fueron el emblema del Cuerpo hasta el siglo XX.


La Infantería de Marina Española fue creada en 1537. Es por tanto la más antigua del mundo. En sus filas han luchado ilustres hombres como D. Miguel de Cervantes Saavedra.

Por tanto Felipe II, siempre pendiente de las cuestiones de Estado y de que en España de ninguna de las maneras se pusiese el Sol, no tardaría en darse cuenta de que la gran idea de su padre debía convertirse en un objetivo prioritario de nuestra estrategia militar y marítima.

Mayormente, debido a la cada vez más intensa influencia y despliegue militar y naval de los turcos en el Mare Nostrum. Así, el 27 de febrero de 1566, casi treinta años después de la orden de Carlos I, su Majestad Católica Felipe II crea el «Tercio de la Armada del Mar Océano». Solo hicieron falta cinco años para que la unidad se mostrara decisiva en la carnicería de Lepanto, y fueron infantes de marina quienes rindieron la «Sultana», la nao capitana de Alí Pachá. Aquello solo fue el principio.

La defensa de la España Imperial allende el Atlántico durante décadas y décadas, frente a piratas, corsarios, y bucaneros; la Guerra de la Independencia (infantes de marina eran quienes persiguieron a las tropas napoleónicas al otro lado de los Pirineos tras la victoria); y, por supuesto, las guerras de independencia hispanoamericanas, y luego Cuba, Filipinas, Guinea y Sidi Ifni.


 Combate entre La Real y La Sultana, La infantería de marina fue decisiva en la batalla de Lepanto

Un heroico y abnegado viaje a lo largo de la Historia del mundo y de España que en los últimos años ha llevado a la Infantería de Marina a ser una de las mejores unidades en su género, intensiva y exhaustivamente preparada, dotada del mejor material y de una categoría suprema militarmente hablando, que la ha llevado a participar en nuestras misiones de paz por todo el mundo y a ser la avanzadilla de la Operación Atalanta contra la piratería en el Océano Índico.
 
(Infante de marina 1805. Uniformes de la Armada Española 1717-1814, Biblioteca Militar de Barcelona)
 
También conviene destacar que desde el año 1763, la Infantería de Marina es Cuerpo de Casa Real, recompensa y privilegio que obtuvo tras su heroico combate en la defensa del Castillo del Morro de La Habana frente a la flota inglesa (1763).

San Fernando, Cartagena, Barbate, Ferrol, las Canarias y Madrid cobijan hoy a las distintas unidades de la Infantería de Marina. Hace ahora 475 años desde su fundación.


Fuentes :

ABC - Manuel de la Fuente
Revista Naval : http://www.revistanaval.com/infanteriademarina/historia.htm

domingo, 6 de noviembre de 2011

Carlos II el Hechizado, el final de una dinastía

A finales el siglo XVII, la inmensa Monarquía Hispánica estaba gobernada por Carlos II, un enfermo crónico como consecuencia de la consanguinidad que había sido la política constante de su familia durante generaciones. En las cortes de Europa, muchos esperaban su final con ansiedad, pues el monarca no tenía descendientes directos, por ello todos se preparaban para lanzarse sobre una monarquía que parecía a punto de extinguirse.

(Carlos II, el hechizado por Claudio Coello, 1685. Aparece el Rey de rodillas adorando la Sagrada Forma en el Monasterio de El Escorial. Recomiendo pinchar sobre la imagen para verla en detalle)

Por aquel entonces, todavía se conservaban practicamente intactos todos los inmensos territorios que se habían ido acumulando desde los Reyes Católicos y que habían ampliado los sucesivos descendientes de la Casa de Austria, por ello, la descendencia de Carlos II era un tema del que dependía la continuidad del imperio, aunque éste ya mostraba evidentes signos de debilidad. Por ello la principal obsesión de la Corte de Madrid era garantizar el futuro de la dinastía. No se hicieron pocos esfuerzos para conseguirlo, tras el primer matrimonio que terminó con la muerte de su esposa María Luisa de Orleans, contrajo de nuevo esponsales con Mariana de Neoburgo, hija del elector del Palatinado.

Consciente su nueva esposa de que su valía y continuidad dependían de darle un heredero al rey de España, Mariana se sometió a todo tipo de tratamientos de fertilidad que pasaron desde las procesiones, las sangrías, las purgas y la ingesta de distintos brebajes que terminarían por minar también su salud. Nada sirvió para lograr el cometido, ni siquiera sus once simulados embarazos y sus simulados abortos, pronto se corrió la voz en la corte de la esterilidad de la reina y por si fuera poco su falta de docilidad le granjeó la enemistad de la madre del rey Mariana de Austria.

Uno de los enfrentamientos entre ambas Marianas vino por el nombramiento de un gobernador en los Países Bajos. La reina consorte tenía en mente a su hermano Juan Guillermo y la reina madre sin embargo apostaba por el marido de su nieta María Antonia: Maximiliano Manuel, elector de Babiera. La pugna entre ambas se dirimió finalmente en favor de éste último y por tanto la reina madre se salió con la suya, Maximiliano Manuel fue finalmente nombrado por Carlos II gobernador de aquellos estados por real decreto de 26 de diciembre de 1691.

El plan de la reina madre estaba claro, quería que Maximiliano Manuel fuera una extensión de su voluntad en los Países Bajos y que abriera el camino para el príncipe José Fernando, hijo de Maximiliano Manuel y de su nieta María Antonia, nacido en Viena el 28 de octubre de 1692, bisnieto del rey Felipe IV de España y de la reina doña Mariana de Austria, y sobrino nieto del rey Carlos II de España. Sería por tanto José Fernando de Baviera el heredero de todos los reinos, estados y señoríos de la Monarquía Hispánica desde 1696, por testamento del rey Carlos II de España, hasta su muerte en 1699. José Fernando fue considerado por Mariana de Austria como el heredero directo de la Monarquía Hispánica pues estaba convencida de que su hijo nunca podría concebir.

(Retrato del príncipe José Fernando de Baviera por José Vivien, 1698)

La reina consorte, despechada, escribiría :

"para dominar ella sola al Rey, forzosamente había que esperar que muriese la Reina Madre"

Finalmente se cumplieron sus deseos y el 16 de mayo de 1696, en Madrid, moría la Reina Madre de un cáncer de pecho. Su triunfo póstumo fue el testamento que suscribió su hijo Carlos II en septiembre de 1696 decretando heredero universal de la Monarquía a su sobrino nieto José Fernando de Baviera. El Barón de Baumgarten, describió los sucesos tras la juerte de la Reina Madre en los siguientes términos, con algún suceso paranormal incluído:

"Miércoles 16, a las doce menos cuarto de la noche, en el instante mismo en que se hacía más visible el eclipse de luna, falleció la Reina, en las casas de Uceda, donde vivía. A las cuatro de la mañana se abrió el testamento, y después se expuso el cadáver en el estrado. Al domingo siguiente lo trasladaron a El Escorial con la pompa de costumbre. Según pudo ver mucha gente, al sacar el cadáver de la caja mortuoria una paloma estuvo revoloteando buen rato. Una monja que ha servido en el cuarto de la Reina difunta, al tener noticia de su muerte, pidió un recuerdo de ella, y le dieron una de las camisas de noche de Su Majestad. Esta monja, paralítica desde que entró en el convento, metió la camisa en su cama, y a la mañana siguiente amaneció completamente curada."

Al eliminarse el principal obstáculo para la esposa de Carlos II, Mariana de Neoburgo dominó finalmente la débil voluntad del Rey.

En 1697 llegó el embajador francés a España (una vez concluida la guerra entre España y Francia en 1689) era el Marqués de Harcourt que movió sus hilos para ganar adeptos para la causa francesa, como el poderoso Cardenal Portocarrero.

Así en el complicado tablero de aspirantes teníamos por una parte a José Fernando de Baviera designado sucesor en el testamento de Carlos II por influencia de Mariana de Austria. Por otra parte el emperador Leopolpo I que quería imponer como heredero en España a su hijo el archiduque Carlos. Y finalmente estaba el partido francés dirigido por el embajador francés, Harcourt, que tenía como principal candidato a Felipe de Borbón, duque de Anjou, nieto de Luis XIV y biznieto del fallecido Felipe IV.
 
(Moneda de 4 Reales de Carlos II, 1684, Segovia. En 1680 se realizó una reforma monetaria muy importante. Se permitió la acuñación de un vellón con valor fáctico mayor que su valor intrínseco)

Las dos últimas candidaturas eran complicadas puesto que si triunfaba la primera, la del archiduque Carlos, podría desembocar en la unión de España y Austria. La segunda candidatura, la de Felipe de Anjou, podría desembocar a su vez en la unión de España y Francia. Ambas posibilidades crearían a un coloso de fuerza descomunal para los intereses del resto de potencias europeas, por lo que se empezaron a mover los hilos en Europa y ya entre ellas comenzaron a urdir los posibles repartos.

De esta manera en 1698 Luis XIV ya tenía en mente un posible reparto por el que al morir Carlos II, el príncipe José Fernando de Baviera se quedaría con los Países Bajos, los reinos de la Península y las posesiones de las Indias, mientras que Francia se quedaría con Nápoles y Guipúzcoa y el archiduque Carlos recibiría el gran ducado de Milán.

Sin embargo la voluntad de Carlos II era bien distinta y el 11 de noviembre de 1698 realizó un nuevo testamento en el que se recalcaba que el conjunto de la Monarquía era indivisible y que su heredero universal era el príncipe José Fernando de Baviera.

Así estuvieron las cosas hasta que la fatalidad se cruzó en el destino de la Monarquía, pues José Fernando de Baviera, con sólo 7 años de edad, falleció de forma inesperada en febrero de 1699, con lo que una de las tres posibilidades antes comentadas se descartó definitivamente.

A partir de este momento comenzaron de nuevo las intrigas y las propuestas y los posicionamientos de las diferentes potencias europeas. Luis XIV incluso comenzó a mover sus hilos en la Corte española. Así en 1699 estalló en Madrid el llamado "Motín de los Gatos" organizado seguramente por amotinados movidos por intereses extranjeros y que aprovecharon la mala coyuntura económica y la carestía de alimentos :

"Pan, pan, pan, queremos pan.... Viva el rey, muera el mal gobierno" 

Los disturbios, en los que la multitud exasperada comprometía gravemente el orden, sólo se calmaron con la intervención del propio rey Carlos II de España que llegó a dirigirse a la muchedumbre congregada ante palacio, tras lo que los ánimos se calmaron. Las consecuencias del motín fueron la destitución del Conde de Oropesa, presidente del Consejo de Castilla, y principal cabecilla de la opción austríaca y que además hacía funciones de valido y era el principal responsable del abastecimiento de la capital.


(Manuel Joaquín de Toledo Portugal y Córdoba Monroy y Ayala, conde de Oropesa, fue objetivo del motín de los gatos (abril de 1699), tras el que cayó en desgracia. Fue sustituido por el cardenal Portocarrero, partidario de la sucesión francesa. Este grabado representa a Carlos II destituyendo al conde de Oropesa tras el Motín de los Gatos)
 
También fue depuesto el corregidor de Madrid, Francisco de Vargas, siendo sustituido por Francisco Ronquillo, un destacado personaje del partido borbónico, que durante los disturbios había actuado como intermediario de las reclamaciones de la multitud, y reclamado y vitoreado por ésta. Así el "Motín de los Gatos" no fue sólo un estallido popular por la acuciante carestía; fue también, el resultado de un conflicto político en el que un bando cortesano, el borbónico (a través de la utilización de la «opinión pública»), conseguía imponerse al partido austríaco que, desde entonces, quedó, definitivamente, desmantelado

El obstáculo final, era la voluntad del rey. En los años finales de su vida, Carlos II tuvo que sufrir incluso algunos rituales de exorcismo, pues se decía que estaba hechizado y que existía un maleficio sobre él que le impedía tener descendencia. Desde Viena se enviaría a fray Mauro de Tenda, amigo de Froilán Díaz (confesor del rey Carlos II) un exorcista de renombre que llegó a asegurar que quien había hechizado al Rey es :

"Alguien que tiene simpatías por las flores francesas de lis y desea que de esta simple manera recaiga la herencia de esta Monarquía en el Rey de Francia" (1)


 
(Escudo de armas de Carpos II, podemos ver en la descripción los numerosos territorios que componían sus dominios. Posteriormente vemos otros escudos o estandartes reales que ya no incluyen el escudo de Portugal, que ya no pertenecía al dominio del Rey de España)

La débil salud del monarca se vio afectada por estos exorcismos y padeció continuas diarreas, vómitos y fiebres muy altas.

Luis XIV decidió ir más allá en el año 1700 y propuso que si en tres meses no se aceptaba su plan anterior, se buscaría un príncipe que sustituiría al archiduque Carlos en la herencia. Carlos II, viendo posiblemente muy cerca el fin de sus días, pidió finalmente consejo al papa Inocencio XII :

"...mantener inseparables los reinos de mi Corona y la Sagrada Religión", podía ofrecer "uno de los hijos segundos del Serenísimo Delfín de Francia"

De esta manera, se habló, abiertamente, sobre la posibilidad real de la opción francesa.

El papa Inocencio XII, pro-francés, no tardó en responder favorablemente a esta consulta :

"Nos vemos en el deber de no discrepar de esa opinión del Real Consejo de Vuestra Majestad"

Recibió el Rey la carta de Su Santidad y tranquilizóse ya plenamente confortado. Carlos II convencido de que finalmente esta era la voluntad de Dios se confesó y recibió la extrema unción. La monarquía católica sería heredada por un borbón francés. Unos años atrás, pocos podían haber previsto un desenlace así, pero... a fin de cuentas esta dinastía no era tan extraña en España porque todos los anteriores reyes de España habían tenido esposas del país vecino. (2)

El 1 de octubre el Rey firmó su nuevo testamento :

"...declaro ser mi sucesor, en caso de que Dios me lleve sin dejar hijos, al Duque de Anjou, hijo segundo del Delfín, y como tal le llamo a la sucesión de todos mis Reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos. Y mando y ordeno a todos mis súbditos y vasallos de todos mis Reinos y señoríos que en el caso referido de que Dios me lleve sin sucesión legítima le tengan y reconozcan por su rey y señor natural, y se le dé luego, y sin la menor dilación, la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos." (3)

 (Firma del rey Carlos II) 

El día 1 de noviembre del año 1700, tras una dura agonía pero con la conciencia tranquila por creer que su su monarquía descansaba en la voluntad de Dios, fallecía Carlos II, el último de los Austrias de España.

Sin embargo, su postrera decisión, no evitaría que dos años después se desencadenara la Guerra de Sucesión Española, un terrible conflicto que implicó a toda Europa en una cruenta guerra que decidiría finalmente el destino de las posesiones españolas.


»» Esta entrada se realiza a petición del blog Reinado de Carlos II en homenaje a su su 350º aniversario ««


(1) 283 B.N.E., mss.5724,fol.89.Citado en J. Contreras,«Guerra entre Inquisidores...» art.cit., p. 297.
(2) Testamento de Carlos II... op. cit., p. LVI
(3) Testamento de Carlos II (Cláusula XIII)


Fuentes consultadas :

» Contreras, Jaime. "Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria", Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 2003.
» Ribot, Luis. "El arte de gobernar. Estudios sobre la España de los Austrias", Alianza, Madrid, 2006.
» Maura Gamazo, Gabriel. "Vida y reinado de Carlos II", Espasa-Calpe, Madrid, 1942.
» Calvo Poyato, José. "La vida y época de Carlos II el Hechizado" Planeta, Barcelona, 1998.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La moda en la España del Siglo de Oro (2ª Parte)

Estre ambos sexos no había diferenciación en el gusto por la moda, así los hombres ponían tanto cuidado en su imagen como las mujeres. Dependiendo de la época pasaron de resaltar unas partes de su cuerpo u otras. 

Felipe IV príncipe con el enano Soplillo, por Rodrigo de Villandrando (1620)

1 - Lechuguilla de gran tamaño que dignifica la figura.
2 - Capa de terciopelo negro y seda brocada.
3 - Ropilla de tisú blanco con bordados de oro.
4 - Puños de encaje rizado.
5 - Sombrero con adorno de joyas y una gran pluma.
6 - Calzas abombadas por encima de la rodilla.
7 - Medias de seda blancas ajustadas.
8 - Zapatos picados con lazos.
 
 
En la España del Siglo de Oro se daba mucha importancia a los grandes sombreros de ala, adornados con plumas, la entrepierna centrará también la mirada de la época con la introducción de la bragueta (en forma de saquito de tela forrada que se sujetaba en la parte delantera de las calzas y que podía sobresalir de éstas) y las cintas decorativas. Más de un eclesiástico pondría el grito en el cielo por ese motivo :

"¿puede llegar el traje a más desorden que al que ha llegado en estos tiempos?, ¿qué más incentivo de lujuria que ver a las mujeres con una saya abierta por delante?, ¿qué más incentivo que ver a los hombres con unos calzones tan ajustados? Que en la misma estrechez manifiesta la forma del muslo y algo más que por decencia callo”

"¿No acaso a vuestros mantos de infierno llamáis mantos de humo?, pues cuando sale por las calles una de estas mujeres con manto de humo, es señal que hay dentro de ella gran fuego, y está como una casa, que cuando el humo arroja por fuera, se está ardiendo en llamas por dentro. Qué mayor infierno que unos zapatos de polevi o palillo, con tanta profanidad que los adornan en tafetán, cairelados y cosidos con hilo de oro y seda?".”

“los hombres, con tanta vileza para la nación española, se han quitado el bigote y el pelo, poniéndose cabelleras postizas (…) no como cuando la nación española se hacía temer y respetar" (…) “antes, le daba a un hombre la vuelta con el bigote a la oreja, y se ataba el extremo de la barba a la pretina, y más miedo causaban con echar la mano a la barba que hoy con sacar la espada". (1)


Las calzas eran otro elemento muy valorado en el vestuario masculino español, cubrían el muslo y la pierna y fueron evolucionando con el tiempo  a formas más sofisticadas. En tiempos de Felipe II estaban “acuchilladas” es decir, tenían aberturas que mostraban otra tela de distinto color, y bajo su antecesor adoptaron una característica forma abombada. Más tarde las calzas se sustituyen por medias de seda negra o hilo, sujetas con ligas, que tapan otras medias blancas interiores. Los que no podían pagárselas imaginaban curiosas trazas para imitarlas, como un personaje de la novela “El Buscón” de nuestro Quevedo :


“Desarrebozóse y hallé que debajo de la sotana traía gran bulto. Yo pensé que eran calzas, porque eran a modo de ellas, cuando él, para entrarse a espulgar (limpiarse de pulgas o piojos), se arremangó y vi que eran dos rodajas de cartón que traía atadas a la cintura y encajadas en los muslos, de suerte que hacían apariencia debajo del luto, porque el tal no traía camisa ni gregüescos (un tipo de calzas) , que apenas tenía que espulgar, según andaba desnudo” (2)

La capa siguió siendo una prenda muy importante en el vestuario masculino y de gran valor material, incluso había ladrones especializados en robarlas, llamados capeadores. En referencia a esto, un poeta llegó a decir
“Que maten por una capa
Que no saben si es de paño
de Segovia”
(es decir de un tejido vulgar y no de una tela cara) (3)

En cuanto al vestuario femenino, también evolucionó durante el Siglo de Oro y fue elemento importantísimo en el arte de la seducción. Lope de Vega escribió :


"No la imagines vestida
con tan linda proporción
de cintura, en el balcón
de unos chapines subida.
Toda es vana arquitectura;
porque dijo un sabio un día
que a los sastres se debía
la mitad de la hermosura."  (4)

 
Mariana de Austria.Este retrato se realizó entre 1652 y 1653, el autor es Diego Velázquez.

1 - Peluca de tirabuzones a dos lados con lazos rojos.
2 - Tocado de plumas jaspeadas.

3 - Valona sobre los hombros.
4 - Brazaletes y lazos ceñidos a las muñecas.
5 - Cuerpo dorado terminado en grandes faldones.
6 - Pañuelo blanco de seda con encaje.
7 -Basquiña, colocada sobre el guardainfante.
 
El vestido se combinaría con joyas y eran usuales las cuchilladas en cuerpo y mangas, se utilizaban suntuosos tejidos: encaje, tafetán, terciopelo, brocados…

Desde el XVI se impuso la moda del verdugado (enaguas armadas con aros de alambre o madera que se acampanaban hacia abajo) sobre el que se colocaban diferentes tipos de faldas como la pollera, el guardapiés o el faldellín. En la década de 1630 triunfaron, como ya vimos, los enormes y suntuosos guardainfantes y estos evolucionaron hacia otras formas como los tontillos.

A la izquierda, la reina Margarita de Austria en 1609 luciendo una lechuguilla del XVII. A la derecha Doña Inés de Zúñiga, condesa de Monterrey en 1660, con valona escotada.

El maquillaje fue usado con generosidad; coloretes, afeites, emplastos, etc. Cubren desde la parte inferior de los ojos hasta las orejas, cuello, escote y manos, sobre todo de nobles damas solimán, pues la piel morena o tostada daba a entender que el individuo trabajaba y no llevaba una vida ociosa y regalada, como era el ideal de vida. Perfumes y aguas (de azahar, cordobesa o de rosas) se usaban con abundancia, para disimular los olores. 

Los libros de José Deleito y Piñuela, referentes a la época de Felipe IV, nos dan interesantes datos sobre la higiene y la perfumería en estos tiempos :

"En un tocador elegante no podían faltar agua de rosas y de azahar, jaboncillo de Venecia, aceite de estoraque, de benjuí, de violetas, de piñones y de altramuces; cañutillo de albayalde, solimán labrado para blanquear el cutis, tuétano de corzo, pastillas olorosas, y otros ingredientes guardados en salserillas."

Aún así, la moda femenina era más recatada que la masculina, pues el busto estaba aprisionado por una suerte de corsé llamado “cartón de pecho” que ocultaba las formas femeninas, y en 1639 se llegó a prohibir incluso el escote.
Madame d'Aulnoy escribiría :

"La carencia de pechos es otra de las condiciones que aquí determinan una belleza femenil, y las mujeres cuidan mucho de que su cuerpo no tome formas abultadas. Cuando los pechos empiezan a desarrollarse, los cubren con delgadas laminillas de plomo, y se fajan, como se faja a los recién nacidos."

El vestido de los humildes.

No todo el mundo tenía medios para seguir los dictámenes de la moda de la época, además los trajes no eran baratos, pues aunque se podían comprar ya hechos, lo normal en la gente adinerada es que se los hicieran a medida. Eran constantes las quejas por el tiempo que los sastres tardaban en fabricar las prendas y en ocasiones por la calidad de las telas y sobre todo por el precio que cobraban. Los poetas también recogieron estas críticas y alguno señalaba :

“Vendrá la circuncisión
 de la ropa y medrarás;
 mas el pronóstico llevo.
 De seis sastres me contaban
 que solamente cenaban
 entre todos seis un huevo
y que cada cual metía
su aguja en vez de cuchar.” (5)

(Velázquez, La comida (1619) Óleo sobre lienzo. 96 x 112 cm. Szépmüvészeti Múzeum. Budapest)

Los que no podían costearse galas y ornatos lujosos, se contentaban con un vestido sencillo, compuesto de camisa amplia de lino o algodón, jubón terminado en pico con formas acuchilladas en las mangas, calzas cortas o bien a media pierna, medias de lana que se sujetaban con jarreteras (una especie de ligas).

Por su parte las mujeres humildes y de clase media vestían faldas largas, y sin adornos, combinadas con blusas o camisas sencillas.

Normalmente se llevaba una pañoleta que cubría los hombros y se anudaba sobre el pecho. En épocas de frío, un manto de paño o lana proporcionaba algo de calor. Pese a su sencillez, hay que destacar que el vestido popular no se mantuvo al margen de las modas aristocráticas y por ello es así que se inspiraron muchos de los trajes regionales de la época moderna.


Fin.

(1) Fray Antonio de Ezcaray, predicador de su Majestad, y Apostólico del Colegio, y Misión de Propaganda Fide de las indias Occidentales de la ciudad de Santiago de Querétaro. “Voces del dolor, nacidas de la multitud de pecados que se cometen por los trajes profanos, afeites, escotados y culpables ornatos, que en estos miserables tiempos y en los anteriores ha introducido el infernal Dragón para destruir y acabar con las almas, que con su preciosísima sangre redimió nuestro amantísimo Jesús” 1691.

(2) La vida del Buscón (o Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños) es una novela picaresca en castellano, escrita por Francisco de Quevedo.

(3) Tesoro de los romanceros y cancioneros españoles, históricos, caballerescos ... editado por Eugenio de Ochoa

(4) El perro del hortelano (Cap. I), Lope de Vega

(5) Tirso de Molina en su obra "Santo y Sastre"

Fuentes :

» de Sousa, Francisco : “Introducción a la historia de la indumentaria en España”. Itsmo, Madrid, 2007.
» Dos Guimaraes, Isabel y García, Máximo: "Portas adentro: comer, vestir y habitar en la Península Ibérica". Universidad de Valladolid, 2011.
» Ruis Ortiz, María : "Vestirse a la moda en la España del Siglo de Oro". National Geographic.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La moda en la España del Siglo de Oro (1ª Parte)

La moda en el Siglo XVII no era algo banal, se convirtió en una obsesión para una sociedad que ante todo valoraba la apariencia. Ya en nuestra novela El Lazarillo de Tormes hay un pasaje donde se describe perfectamente esta circunstancia, el amo del lazarillo, un hidalgo venido a menos, que cada mañana repetía el mismo ritual a pesar de no tener apenas qué comer y mucho menos con qué pagar a su criado, y que a pesar de todo nunca salía a la calle si no era vestido con toda la elegancia que podía aparentar :

"con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta (...) Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al conde de Arcos, o a lo menos camarero que le daba de vestir"

"!Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las gentes ignoran! ¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa y sayo y quien pensará que aquel gentil hombre se paso ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan que su criado Lázaro trujo un día y una noche en el arca de su seno"


Este ejemplo ilustra una circunstancia habitual en la España del Siglo de Oro, donde el vestido no era algo utilitario o funcional, ya que expresaba muchas veces la condición social de quien lo vestía, todo el mundo prestaba especial atención a esta circunstancia pues lo que realmente importaba era lo que uno aparentaba, no lo que se era realmente.

Si camináramos por aquellas calles de la España del XVII podríamos identificar la clase social o incluso la profesión de cada individuo de acuerdo con su vestimenta. Por ejemplo los médicos lucían ostentosamente una sortija en el dedo pulgar y llevaban el ropaje universitario y la capa. Un juez solía llevar una larga vestidura de paño con vueltas de velludillo (algo similar al terciopelo), llamada garnacha, y se cubría con un birrete.

Los soldados, aunque carecían de un uniforme oficial, se distinguían por sus bigotazos, sus espadas, puñales o pistolas y sus sombreros emplumados.

(El socorro de Génova por el marqués de Santa Cruz (detalle) Conmemora una de las primeras victorias de Felipe IV. En 1625, la república de Génova, tradicionalmente aliada de España, fue ocupada por las tropas francesas del duque de Saboya, que sometieron a la ciudad a un duro asedio. La escuadra española, comandada por el general don Álvaro de Bazán, segundo marqués de Santa Cruz, liberó la plaza y devolvió a Génova su soberanía. Vemos aquí algunos ejemplos de vestimenta de un oficial, con los típicos mostachos, el sombrero emplumado, espada y la cruz de una orden militar en el pecho, podemos distinguir la verde de Calatrava y la roja de Santiago. Merece la pena pinchar sobre la imagen para verla en detalle)

El problema se presentaba cuando alguien se vestía como no le correspondía, imitando la moda de las clases superiores. Tirso de Molina, en una de sus obras de teatro, hablaba de que hasta un simple zapatero en vez de vestirse con cordobán (tejido basto de piel de cabra curtida) llevara ropa de gorgorán, es decir, de seda, o que una mulata se vistiera con paño fino de Sevilla. Para él, todo aquello era señal de la decadencia del país.

El gusto por el lucimiento llevó a cambios constantes en la forma de vestir. Esto era palpable sobre todo en la corte de Madrid, capital de la monarquía y del imperio, donde nobles y damas de la corte inventaban constantemente nuevas modas en la indumentaria que rapidamente alcanzaban gran difusión.

A comienzos del siglo XVII, el traje nacional, sobrio y de color negro que tantas veces lució el rey Felipe II en sus retratos dio paso a una moda completamente diferente ya durante el reinado de Felipe III, su sucesor, dando paso a los colores brillantes y a prendas de gran lucimiento. 

(Felipe III y Felipe IV vemos claramente el regreso hacia la sobriedad en la vestimenta) 
 
Con la llegada al trono de Felipe IV los colores de nuevo se apagaron y se volvió al negro. En 1623 se prohibió incluso el huso de la llamada lechuguilla (cuello exagerado en forma de gran abanico) para dar paso a la valona, cuello grande y plano que caía sobre los hombros.

(1557 el príncipe Don Carlos a la izquierda con cuello de lechuguilla del XVI, retratado por Sánchez Coello. A la derecha Felipe IV con una valona masculina, por diego Velázquez en 1632)

Ya durante el reinado de Carlos II, la moda española comienza a verse influida por la francesa y poco a poco se va consolidando el estilo de vestir francés, en unos años en que la monarquía absoluta de Luis XIV, el Rey Sol, goza del máximo prestigio en toda Europa. La moda francesa se caracterizaba por unas líneas más simples que contrastaban con la abundancia de hermosos adornos y telas estampadas.

La indumentaria femenina también sufre estos cambios, tiende a liberarse de la incomodidad impuesta por la moda anterior, desapareciendo así las anchas faldas sostenidas por el llamado guardainfante (armazón interior que las ahuecaba) y se reemplaza por el llamado tontillo que era una especie de faldellín o guardapiés que usaban las mujeres con aros de ballena o de otra materia puesta a trechos para que ahuecase el resto de la ropa. Se popularizó en España en la segunda mitad del siglo XVII bajo el reinado de Carlos II. El escote también se amplía y deja al descubierto el cuello e incluso los hombros. Se libera la melena y cae en trenzas o tirabuzones sobre la espalda.

(Velázquez retrató a la infanta María Teresa con guardainfante. Se realizaba con alambres y con cintas.Utilizado en la cintura por las mujeres españolas de los siglos XVI y XVII. Sobre el mismo, se vestía la basquiña. El guardainfante se denominaba así porque permitía ocultar los embarazos)

(María Luisa de Parma con tontillo (Goya, 1789). Aunque no pertenece a la España del Siglo de Oro, sí nos sirve para mostrar un ejemplo de Tontillo. Su uso se extendió hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Las mujeres llevaban el tontillo junto con el jubón y la basquiña una falda exterior con pliegues en las caderas. Se situaba debajo de la misma y sobre un buen número de enaguas)

El pie femenino es, en la España del Siglo de Oro, el último reducto a ceder por la dama ante el galanteo del caballero. Gustan los pies pequeños y gráciles, que se ocultan en chapines, una especie de chanclas muy elevadas con suela de madera y forradas de cordobán. Su misión era doble: ocultaban el pie en su interior y protegían a los zapatos del barro y la suciedad de la calle.

En el traje masculino destacará posteriormente la casaca cuyas bocamangas se adornarán con lujosas vueltas y encajes. En el cuello de los hombres, la golilla cede su puesto al pañuelo y la corbata, que conjunta mejor con el alargamiento de la melena y el uso de la peluca.

(Retrato de Felipe V, por Jean Ranc (1723). Vemos los encajes en los puños, la peluca y el pañuelo en el cuello. Los Borbones cambiaron definitivamente la moda de la corte de Madrid introduciendo definitivamente la moda francesa)

(Continuará...)

Fuentes :

» de Sousa, Francisco : “Introducción a la historia de la indumentaria en España”. Itsmo, Madrid, 2007.
» Dos Guimaraes, Isabel y García, Máximo: "Portas adentro: comer, vestir y habitar en la Península Ibérica". Universidad de Valladolid, 2011.
» Ruis Ortiz, María : "Vestirse a la moda en la España del Siglo de Oro". National Geographic.

martes, 20 de septiembre de 2011

El nacimiento de la Inquisición en España (2ª Parte)


Los primeros autos de fe :

Un cronista refiere que luego, en las semanas que siguieron al apresamiento :

“fueron apresados algunos de los más honrados e de los más ricos regidores e jurados, e bachilleres e letrados e hombres de mucho favor”.

Descabezados sus líderes, los conversos sevillanos fueron presa del miedo y, muy pronto, de la Inquisición. La única reacción posible, descartado un motín, era la huida. La peste que asoló la ciudad en las primeras semanas del año 1481 la favoreció más aún. Sin embargo, ni la epidemia detuvo el ardor de los inquisidores.

El 6 de febrero de 1481, éstos mandaron celebrar el primer auto de fe de la nueva Inquisición real en el paraje de Tablada, al sur de la ciudad, donde fueron quemadas seis personas (hombres y mujeres).

(Tomás de Torquemada, Valladolid, 1420 - Ávila, 16 de septiembre de 1498. Fue el Inquisidor General de Castilla y Aragón en el siglo XV y confesor de la reina Isabel la Católica. Gran artífice del Edicto de Granada, que ordenó la proscripción de todos los judíos de España para el 2 de agosto de 1492. Se le ha llamado «el martillo de los herejes, la luz de España, el salvador de su país, el honor de su orden».Hernando del Pulgar, historiador de la época, al escribir acerca de Juan de Torquemada (tío del inquisidor), dijo que "sus aguelos fueron de linage de los convertidos a nuestra santa fe católica" en su libro "Claros varones de Castilla")

En el auto predicó el celoso fray Alonso de Hojeda, el mismo que había alentado la persecución y que desaparecería víctima de la peste a los pocos días, signo, según quisieron ver algunos, de la indignación divina. La peste fue ocasión para que los inquisidores establecieran el tribunal en un lugar de aires más puros: Aracena, en la actual provincia de Huelva, donde prosiguieron la persecución, pues prendieron y sentenciaron a veintitrés personas. Condenadas por judaizar, fueron quemadas en el auto de fe que tuvo lugar el 23 de julio de 1481, a la vista de muchos nobles sevillanos huidos de la peste y del numeroso gentío de la villa y sus aldeas. Pasada la epidemia, los inquisidores regresaron a Sevilla y con ellos los temores de la comunidad conversa. Los autos de fe continuarían sin descanso.

A Pedro Fernández Benadeva le llegó el turno en el tercer auto que tuvo lugar en Sevilla, el 21 de abril de 1481. No se le acusaba de rebelión o de traición. Los delitos que le llevaron a la hoguera fueron la herejía por la práctica de los ritos judaicos, el respeto de los sábados, el consumo de carne de la carnicería de los judíos y de pan cenceño (ácimo, sin levadura), y consentir que los rabinos fueran a su casa para leer y enseñar. También se le acusaba de materialismo ateo, de no creer en la resurrección y en la inmortalidad por haber proferido públicamente que no había ni hay otra vida, sino la presente de nacer y morir, ni había otro paraíso, sino pasarlo bien en este mundo. 

(Algunos judíos interpretaron que la persecución inquisitorial podría ser un castigo divino, al que seguiría la venida del Mesías, tal como establecía la tradición hebrea. En la imagen el "Auto de Fe" de Francisco Rizi 1683, Museo del Prado, Madrid. Merece la pena pinchar sobre ella para verla con detalle pues se trata de la Plaza Mayor de Madrid con la asistencia del rey Carlos II y de su esposa, María Luisa de Orleáns)

A pesar de que Benadeva negó hasta el final que no fuese fiel cristiano, sobre él cayó todo el peso de la ira justiciera inquisitorial, que incluía la excomunión, la confiscación de bienes (esclavos, casas y fincas rústicas) y la relajación, es decir, la entrega del reo a la jurisdicción civil para que ejecutara la pena capital. Su dramática muerte causó regocijo en buena parte de la población, hasta el punto de que años después de su desaparición se recitaban en Sevilla canciones alusivas a su muerte en la hoguera.

Muchos otros conversos siguieron la misma suerte. Hechos los primeros escarmientos, los inquisidores, que habían situado su cárcel en el castillo de Triana, promulgaron a finales de mayo de 1482 un edicto de gracia por el que se garantizaba el perdón a aquellos que confesaran sus culpas en un plazo de dos meses. Mientras se agotaba, la cárcel fue llenándose de judeoconversos.

Las hogueras no se apagan

Al año siguiente, 1483, continuaron los autos de fe. Fue tremendo el que se celebró el 16 de mayo, en el que se quemó a cuarenta y siete conversos entre hombres y mujeres (perecieron familias enteras), incluidos algunos clérigos. En 1484 se encendieron más hogueras. El 2 de mayo, más de un centenar de conversos reconciliados (perdonados por la Iglesia) y casi el doble de mujeres fueron sacados en procesión desde la iglesia de San Salvador hasta el monasterio de San Pablo, vestidos con sambenitos (los escapularios donde se escribían sus delitos); el domingo siguiente sucedió otro tanto.

(El sambenito es una prenda utilizada originalmente por los penitentes católicos para mostrar público arrepentimiento por sus pecados, y más adelante por la Inquisición para humillar a los condenados por delitos religiosos. En origen se trataba un saco de lana bendecido por el cura, de donde viene el nombre de saco bendito que da lugar a sambenito por asimilación fonética con San Benito. El sambenito usado por la Inquisición era una especie de gran escapulario con forma de poncho. Estaba hecho con una tela rectangular con un agujero para pasar la cabeza, que una vez puesta le llegaba al condenado hasta poco más abajo de la cintura por el frente y por la espalda, dejando los hombros al descubierto. Esta imagen es de un grabado de Goya)

Cuando los Reyes Católicos volvieron a Sevilla en octubre de 1484, la ciudad estaba hundida en la pobreza y diezmada por la peste, por la represión inquisitorial y por las confiscaciones. Para entonces ya se habían constituido tribunales en Córdoba, Jaén y Ciudad Real, reunidos todos bajo la presidencia de fray Tomás de Torquemada. Según el inquisidor del tribunal de Sevilla, Diego López de Cortegana, entre 1481 y 1524 hubo 5.000 quemados y 20.000 reconciliados en la ciudad y su distrito. Durante el mandato de Torquemada aumentaron los tribunales por toda Castilla y también las condenas a la hoguera.

Quedó en el ánimo de muchos si el camino para la conversión era la fuerza o la predicación. Pero no hubo debate, sino más de tres siglos de represión de cualquier disidencia religiosa o moral, detrás de la cual se escondió la avaricia y la envidia de muchos inquisidores que actuaron, según denunció un cronista:

“Sin autoridad de la Iglesia y con precipitación de consejo”.
 
Curiosidades :

» El sambenito solía llevar, como decoración, motivos que aludían a la condena: una cruz de San Andrés en el caso de los delitos leves, demonios y llamas en los delitos más graves que se castigaban con la muerte en la hoguera. Muchas veces llevaban escrito el nombre del condenado. El sambenito a menudo era expuesto públicamente tras la ejecución de la sentencia para que sirviera de memoria y ejemplo.

» La Inquisición vigiló la vida de cada individuo en España con gran minuciosidad. Cualquier persona mayor de 12 años (en el caso de las niñas) o de 14 (en el caso de los niños) era considerada completamente responsable por la Inquisición.

» Las autoridades eclesiásticas nunca ejecutaban a los condenados. Se procedía a la "relajación al brazo secular" es decir se entregaba al reo al poder civil para que éste llevara a cabo la ejecución. A los huidos se les ejecutaba en efigie, es decir se quemaban una figura que los representaba. También se llegó a quemar los cadáveres de los herejes ya fallecidos.

» El medio más seguro de evitar los castigos del Santo oficio era aprovechar el periodo de gracia, que era generalmente de 30 días, en que los inquisidores ofrecían a través del "edicto de gracia" una oportunidad para que los conversos confesaran sus faltas. En 1486, en Toledo,  fueron así reconciliadas nada menos que 4300 personas.

» En Sevilla, el establecimiento de la Inquisición, provocó una desbandada de conversos, los cronistas hablan de unas 3000 familias que marcharon a Portugal, Francia o el norte de África. Su ejemplo se extendió a otras ciudades españolas como Barcelona, donde en 1485 al saberse que el Santo Oficio iba a implantar un tribunal hubo un éxodo de todas las familias de conversos llevando consigo "Todas las pecunias que tenían en esta ciudad para trasportarlas a otros reinos".

» Los autos solían realizarse en un espacio público de grandes dimensiones (en la plaza mayor de la ciudad, frecuentemente), generalmente en días festivos. Los rituales relacionados con el auto empezaban ya la noche anterior (la llamada "procesión de la Cruz Verde") y duraban a veces el día entero. El último auto de fe público tuvo lugar en el año 1826 donde el maestro de Ruzafa, Cayetano Ripoll, fue condenado a ser ejecutado en la horca y quemado después, en Valencia por hereje. Pero como ya en aquellos tiempos no se consentía tan horrible espectáculo, la sentencia dispuso que no fuese quemado de forma real, sino que las llamas se pintaran en un cubo, dentro del cual estaría el cadáver, el cual sería arrojado al río.

Fuentes :

» Gil, Juan: “Los conversos y la inquisición sevillana”. Fundación El Monte, Sevilla, 2000.
» Martínez Millán, José: "La Inquisición española". Alianza, Madrid, 2007.
» Kamen, Henry. "La Inquisición española". Crítica, Barcelona, 2011.
» Nuñez Roldán, Francisco. “El nacimiento de la Inquisición”. National Geographic. 
» Sefardíes.es : http://sefardies.es

domingo, 11 de septiembre de 2011

El nacimiento de la Inquisición en España (1ª Parte)

El 1 de noviembre de 1478, el papa Sixto IV, a petición de los Reyes Católicos, concede la bula que autoriza la fundación de la Inquisición en Castilla. Nadie imaginaría entonces la enorme trascendencia que esta decisión tendría en la historia y cultura de España. La iglesia ya había establecido desde el siglo XII tribunales inquisitoriales que perseguían delitos contra la Fe por toda la Europa cristiana, pero esta nueva inquisición se distinguía de las medievales en que dependía de la monarquía, lo que la convertiría en un eficaz instrumento político.

(Escudo de la Inquisición. La espada representa el trato a los herejes y la rama de olivo la reconciliación con los arrepentidos. Rodea el escudo la leyenda «EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM. PSALM. 73», que en latín significa "Álzate, oh Dios, a defender tu causa" salmo 73 (74).)

La idea primigenia que alentó la idea de una inquisición se forja en el siglo XIV, cuando muchas juderías españolas sufren los llamados pogromos, las enfurecidas masas de cristianos viejos atacaban a los judíos culpándolos de la miseria cotidiana, alentados por la propaganda antisemita. Muchos judíos se convirtieron forzosamente al cristianismo y aceptaron el bautismo y la práctica de los ritos cristianos, a estos nuevos cristianos de raiz judía se les llamó cristianos nuevos o conversos, contra estos se fue imponiendo una corriente de opinión que propugnaba su persecución por sospechar que su conversión no había sido sincera y que en secreto seguían practicando sus ritos. Estos conversos por tanto se creía constituían un peligro para la pureza de fe cristiana.

El acoso contra ellos adquirió gran intensidad en Andalucía y particularmente en Sevilla, que poseía una importante minoría conversa. En la década de 1470, el dominico fray Alonso de Hojeda prodigó las predicaciones anticonversas en las que se pedía una intervención inmediata de los reyes para acabar de raiz con aquellos malos cristianos que judaizaban, es decir, que practicaban aún la religión judía en secreto.

(Auto de Fe, de Pedro Berruguete (hacia 1450-1504) En la parte inferior derecha aparecen los condenados, dos de ellos en la hoguera, y otros dos tocados con corozas y cubiertos por sus respectivos sambenitos, en los que se lee "condenado herético", que esperan su turno custodiados por soldados. Es una escena que tuvo lugar a principios del siglo XIII pero el autor toma elementos de su entorno inmediato. Los personajes, perfectamente individualizados, están vestidos a la manera de finales del siglo XV y parecen inspirados en alguno de los autos de fe que se celebraron en Ávila en esos años. Merece la pena pinchar sobre la imagen para verla en detalle)

Hojeda aprovechó los meses que la reina Isabel la Católica residió en Sevilla (entre 1477 y 1478) para aportar supuestas pruebas de que los conversos judaizaban en secreto y demandó una investigación a fondo.

En un principio Isabel y Fernando respondieron con una campaña de predicaciones llevada a cabo por su confesor Hernando de Talavera en las que se invitaba a los conversos a desprenderse definitivamente de los ritos judaicos, pero esta vía fracasó y los reyes decidieron endurecer su postura estableciendo así el primer tribunal de la Inquisición para investigar los casos sospechosos.

(La catedral gótica de Sevilla aún estaba en construcción cuando en 1480 se instaló en la capital andaluza el primer tribunal del Santo Oficio)

En noviembre de 1478, el papa Sixto IV concede la bula para establecer un tribunal inquisitorial en Sevilla. Dos años después los reyes envían a la ciudad andaluza los primeros inquisidores: un asesor jurista de designación real, el doctor Ruiz de Medina y dos dominicos, fray Miguel de Morillo y fray Juan de San Martín, prior del monsterio de San Pablo en Valladolid.

El 11 de noviembre de 1480 el asistente mayor (gobernador) de Sevilla,  Diego de Merlo, presentó ante una sesión del cabildo municipal, la carta de la reina Isabel que ordenaba dar posada a los tres inquisidores, indicando sólo que las cosas que les traían a Sevilla eran :

"cumplideras al servicio real"

Sólo el gobernador sabía que los enviados de los reyes iban a :

"Inquirir y hacer pesquisas contra las personas que no guardan y mantienen nuestra santa Fe"

Y en consecuencia estaba avisado de que podría :

"Acaecer que algunas personas, sabiéndolo, alborotarían y querrían hacer algunos escándalos y alborotos"

La reina por tanto era consciente de que la misión que tenían los inquisidores podría originar una doble reacción: por una lado suscitaría una resistencia violenta por parte de los conversos y por otra provocaría una corriente de huida hacia el reino musulmán de Granada. Para conjurar ambas posibilidades habría que castigar el mal y evitar su contagio mediante una estrategia silenciosa manteniendo en secreto la constitución del tribunal hasta el momento oportuno.

Las previsiones de la reina se cumplieron al pie de la letra. Una vez que el cabildo de Sevilla aceptó el alojamiento de los inquisidores, estos expusieron los motivos de su visita :

"relación largamente de los reyes de hacer pesquisa, y de que ésta era justa y santa, porque los malos fuesen punidos e los buenos bien tratados".

La leyenda cuenta que al poco de saberse todo esto, el poderoso administrador de la hacienda catedralicia, Pedro Fernández Benadeva, el arrendador de aduanas y el mayordomo de la ciudad y otros muchos conversos ricos y poderosos se reunieron a deliberar en la casa de uno de ellos, Diego de Susán. Debatieron acerca de las nuevas amenazas que se cernían sobre ellos y sus prósperos negocios.

Dos posiciones se perfilaron; la que proponía organizar una conjura y defensa armada si la acción inquisitorial se llevaba a efecto o la que prefería mantener la prudencia a la espera de cómo se desarrollaran los acontecimientos. Los reunidos se decantaron finalmente por esta segunda opción, dejando abierta la posibilidad de empuuñar las armas si las circunstancias así lo requirieran (Benadeva disponía en su casa armas suficientes para 100 hombres)

(El gran inquisidor Tomás de Torquemada con los Reyes Católicos Isabel y Fernando en una ilustración de Stefano Bianchetti. Aunque la actuación del Santo Oficio en un principio se limitó a Sevilla, posteriormente se extendió a otras ciudades de Castilla y de Aragón. En todos los lugares la llegada de la Inquisición sembró el terror entre la población conversa, gran parte de la cual optó por huir)

Sin embargo la conjura llegaría a oídos de los inquisidores. Se dijo que fue la hija de uno de los conjurados, concretamente del administrador Pedro Fernández de Benadeva,  la que le confió el secreto a su amante, un cristiano viejo que de inmediato lo denunció a los inquisidores. Éstos respondieron mediante el apresamiento de Benadeva. Con la excusa de que el rey Fernando quería llegar a un acuerdo económico con los judeoconversos de Sevilla, mandaron llamar a Benadeva al convento dominico de San Pablo. éste no dudó en acudir, aunque desconfiado, se hizo acompañar de gente a caballo.. Sin embargo los frailes sólo permitieron entrar en el convento a Benadeva, que llegado frente a los inquisidores, les preguntó :

"¿Qué mandan vuestras paternidades?"

Entonces a una señal convenida, salieron hombres armados por todas partes y lo apresaron. Comenzaba la represión de la conjura, son los primeros pasos de la Inquisición....(Continuará)

Fuentes :

» Gil, Juan: “Los conversos y la inquisición sevillana”. Fundación El Monte, Sevilla, 2000.
» Martínez Millán, José: "La Inquisición española". Alianza, Madrid, 2007.
» Kamen, Henry. "La Inquisición española". Crítica, Barcelona, 2011.
» Nuñez Roldán, Francisco. “El nacimiento de la Inquisición”. National Geographic. 
» Sefardíes.es : http://sefardies.es
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